Sobre los encuentros

Cada semana iremos subiendo cada uno de los encuentros y temas que componen el plan de formación de nuestra catequesis

sábado, 24 de octubre de 2009

UNOS VIDEOS PARA DISFRUTAR, REFLEXIONAR Y ORAR

Hola, les traigo estos vídeos que están en la red, solo deben hacer click en el título de cada uno y los llevará directo; permitido poner en alta voz los parlantes jeje


CARA A CARA Un tema de Marcos Vidal

Sueño de morir, de Alex Campos

POR AMOR, excelente tema de Martín Valverde

NO FUE TU CULPA, de Martín Valverde



Que lo disfruten, y aprovechen


QUINTO ENCUENTRO

Para entender y vivir los Mandamientos

1.- Yo soy el Señor tu Dios; no tendrás otro Dios más que a mí. Amarás a Dios sobre todas las cosas.
Existe un sólo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios ha creado todas las cosas. Sólo a Él hay que adorar. ¿Y qué significa adorar? Reconocerlo como ser supremo y dueño de todo. Él tiene en sus manos todo el poder. Sólo Él puede darnos la felicidad.
Cuando uno piensa que el dinero, el sexo o el poder son lo más importante comete pecado de idolatría, igualmente cuando uno pone cualquier otra cosa como más importante que Dios (TV, alcohol, drogas, deporte, la pareja, el trabajo, el estudio, etc.), o si uno piensa que una imagen o estatua tiene el poder de Dios para ayudarnos, pues ellas son sólo representaciones, nada más.
También es pecado atribuir poder especial a las cosas materiales (piedra, imán, ojo de venado, muñecos, herradura de caballo, amuletos, talismanes, etc.) o a los animales (gallina negra, gato negro, etc.) o a los ritos (limpias, lectura de cartas, de la mano y del café, uso de la guija y del tarot, etc.).
Hay que saber que sólo Dios tiene el poder y nosotros dependemos de Él y no de las cosas, los animales o los ritos. Así que nadie puede hacernos daño, si estamos con Dios ni la brujería ni los animales ni los objetos ni el mismo demonio. Éste tiene poder solamente para aquéllos que se entregan a él voluntariamente y viven lejos de Dios en pecado.
Si queremos seguir este mandamiento tenemos que renunciar a creer en el espiritismo, las supersticiones, horóscopos, la suerte y las brujerías, pues no tienen poder sobre un cristiano.
Si hasta ahora hemos creído en tantas cosas tan falsas que están en contra de nuestra fe, ha sido por ignorancia. De ahora en adelante tenemos que hacer un esfuerzo por “amar a Dios por sobre todas las cosas”.

2.- No tomarás el nombre de Dios en vano.
El nombre de Dios es santo. Por lo tanto hay que pronunciarlo con todo respeto, para alabarlo y bendecirlo, nunca sin respeto y por costumbre. Pero ¿cuál es el nombre de Dios? El antiguo testamento lo llama Yahvé (YO SOY). Pero Jesús nos enseña a llamar a Dios “Abba” (Padre). Pero cualquier referencia a Dios debe ser hecha con todo respeto. Lo mismo sucede con el juramento, que consiste en poner a Dios como testigo de la verdad de lo que se dice.
¿Cuántas veces hemos mencionado el nombre de Dios sin respeto? ¿Cuántas veces hemos tomado el nombre de Dios por testigo de algo falso?

3.- Santificarás los días festivos.
¿Cuáles son los días festivos? Todos los domingos, mas el día primero de enero, en el que se conmemora la maternidad de la Virgen María, y el día 25 de diciembre en el que se recuerda el nacimiento de Jesús y otras solemnidades.
¿Qué hay que hacer en los días festivos? Descansar de los trabajos normales de la semana, convivir sanamente, hacer obras de misericordia (visitar enfermos, ayuda a necesitados, etc.). Instruirse en la religión, alabar a Dios.
Donde hay misa es obligación participar en ella con fe y devoción; donde no hay misa, hay que tratar de participar en un encuentro de oración. No podemos ser verdaderos cristianos si vamos a la iglesia sólo de vez en cuando, con ocasión de una fiesta, una quinceañera, un bautizo. Tenemos que hacer el esfuerzo por conocer nuestra fe y vivirla.
Hasta ahora ¿qué hemos hecho? ¿Hemos cumplido con nuestras obligaciones religiosas o nos hemos olvidado?

4.- Honraras a tu padre y a tu madre.
Este mandamiento obliga a los hijos respetar a sus padres, obedecer sus órdenes (siempre no estén en contra de Dios) y ayudarlos en sus necesidades.
Al mismo tiempo, obliga a los padres a preocuparse por el bien de sus hijos, ayudándolos a crecer física, moral e intelectualmente. En la medida en que los hijos van creciendo, va aumentando su responsabilidad hasta que puedan tomar verdaderas decisiones.
Es Dios quien llama a unos al matrimonio y a otros hacia su entrega total para su servicio. Por lo tanto ningún padre tiene el derecho de mandar a los hijos, oponiéndose a los planes de Dios. Lo que tienen que hacer es ayudar a los hijos a descubrir la propia vocación para aceptarla y vivirla con fe y entusiasmo.
Ni pueden obligar a los hijos a casarse con tal o cual persona, escoger una carrera en lugar de otra. Cuanto más grandes se hacen los hijos, tanto más se hacen responsables de su destino. Entonces los papás se vuelven en los primeros consejeros de sus hijos.
Cada uno examine su conciencia para ver en qué ha fallado como padre, madre, hijo o hija.
¿Te has preocupado por escuchar los consejos de tus padres? ¿Has tratado de platicar con ellos y ayudarlos en sus necesidades?
Como padre o madre, ¿Te has preocupado por el bien de tus hijos?, ¿Cuántas veces te has metido en la vida privada de ellos, provocando disgustos y divisiones?, ¿Te has preocupado por dar buenos ejemplos a tus hijos y ayudarlos a madurar en la fe?

5.- No matarás.
Para cumplir con este mandamiento, hay que evitar todo lo que puede hacer daño a la propia salud, como son las drogas, borracheras, excesos en la comida, etc.
Y por lo que se refiere a los demás hay que evitar los pleitos, los insultos, los odios, los rencores, las envidias, los chismes en fin todo lo que puede casar daño al prójimo. Hay que recordar que el aborto es una forma de homicidio y por lo tanto constituye un grave pecado. Otra manera de causar daño a los demás, está representada por el escándalo. Escandalizar a un inocente es algo grave en cuanto lo induce al pecado que causa la muerte espiritual.
Al mismo tiempo este mandamiento nos ordena querer a todos, perdonar las ofensas. Si queremos que Dios nos perdone, no tenemos otro camino que perdonar al prójimo las ofensas que nos ha causado. Jesús ha dicho que si guardamos algún odio o rencor o alguna ofensa recibida no recibiremos el perdón de Dios. Así que de nosotros mismos depende.

6.- No cometerás adulterio ni otras acciones impuras.
El adulterio consiste en las relaciones sexuales entre una persona casada y otra que no es el esposo o la esposa. Este mandamiento prohíbe también las relaciones sexuales entre personas que viven en amasiato (sin casarse por la Iglesia), entre novios, con prostitutas, entre personas del mismo sexo o con animales. Es pecado también provocarse uno mismo satisfacción sexual (masturbación) ya que representa un acto egoísta, pues el amor debe ser compartido.
Para cumplir con este mandamiento, hay que evitar las conversaciones con fondo sexual, chistes colorados, pornografía y bailes desordenados.
Es cierto el impulso sexual es muy fuerte y es fuente de muchas tentaciones. Sin embargo tenemos que estar convencidos de que con la ayuda de Dios y a buena voluntad se puede vencer. Acordémonos de que el que se pone en la tentación cae con facilidad.

7.- No robarás.
Este mandamiento prohíbe quitar, dañar y destruir lo ajeno. Los fraudes, las falsificaciones, las trampas en los negocios, el uso de moneda falsa, van en contra de este mandamiento.
Para que Dios perdone hay que devolver cuanto antes lo robado y en la medida de lo posible.

8.- No levantarás falsos testimonios contra tu prójimo ni mentirás.
Este mandamiento obliga no calumniar al prójimo, ni mentir, ni contar los defectos de los demás sin necesidad, ni pensar mal de la gente. Todo esto puede provocar graves daños al prójimo. Por lo tanto, si queremos que Dios nos perdone tenemos que tratar reparar hasta donde sea posible el daño hecho en los demás.

9.- No desearás la mujer de tu prójimo ni consentirás pensamientos ni deseos impuros.
Este mandamiento completa el sexto y se refiere a los pecados internos con la relación al sexo. No sólo es pecado cometer el desorden sexual sino también desearlo.

10.- No codiciarás las cosas ajenas.
Este mandamiento completa el séptimo y consiste en no desear tomar lo ajeno. Dios quiere que luchemos para superarnos, pero no quiere que seamos egoístas y envidiosos. El ansia del dinero puede llegar a esclavizarnos, con graves peligros para nosotros y el prójimo.

CUARTO ENCUENTRO

Como nos preparamos para recibir la Confirmación y la Primera Comunión, vamos a hablar previamente de lo que son los Sacramentos.

¿Qué son los Sacramentos?
Los sacramentos son ritos, ceremonias sagradas (que incluyen palabra y acción), instituidos por Jesucristo , que, si se reciben con buenas disposiciones, dan vida sobrenatural al alma, es decir, nos dan la gracia santificante , o nos la aumentan cuando ya estamos en gracia . Son siete: bautismo, confirmación, penitencia (confesión), eucaristía, unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio. El Concilio de Trento definió que los siete sacramentos fueron instituidos por Jesucristo.
El Evangelio nos habla de la institución de cinco sacramentos: bautismo , eucaristía , penitencia , orden sacerdotal y matrimonio.
De la confirmación y de la unción de los enfermos no habla el Evangelio, pero nos dice el Nuevo Testamento que existían en tiempo de los Apóstoles; por lo tanto, tuvieron que ser instituidos por Jesucristo como los anteriores. De la confirmación se nos habla en los Hechos de los Apóstoles . Y de la extremaunción en la Epístola de Santiago . También se habla de la institución del sacerdocio en los Hechos de los Apóstoles , y del matrimonio en San Pablo.

Hay tres sacramentos que imprimen carácter
Carácter significa en griego sello imborrable. Estos sacramentos imprimen un sello indeleble. Es decir, ponen un sello espiritual en el alma que no se borra jamás. Por eso sólo se pueden recibir una vez. No se pueden repetir. Son: bautismo, confirmación y orden sacerdotal. Es de fe que el bautismo, la confirmación y el orden sacerdotal imprimen carácter.
Los sacramentos son fundamentalmente acciones de Cristo: cuando Pedro bautiza es Cristo quien bautiza. La gracia sacramental no depende de la santidad del ministro, sino de Cristo que actúa por medio de él.
Al celebrar un sacramento, el ministro ha de tener la intención de realizar la acción sacramental que Cristo confió a su Iglesia. Sin embargo, el poder santificador de los sacramentos no depende ni de la fe, ni de la santidad de los ministros, porque cuando alguien bautiza o perdona, es el mismo Cristo quien bautiza o perdona.
Las condiciones de validez y licitud de cada sacramento compete a la Iglesia determinarlo, pues a ella confió Cristo esta misión . Cada sacramento añade una gracia específica a la gracia ordinaria. No es una diferencia entitativa, sino moral: según los fines de cada sacramento.
Es obligatorio recibir el bautismo, la confesión y la comunión; pero, además, deben recibir el matrimonio los que quieran casarse, y todos la unción de los enfermos en la hora de la muerte.
La confirmación no es absolutamente obligatoria para salvarse, pero todos los que aún no la hayan recibido deben recibirla, si se les presenta la ocasión oportuna , pues ayuda a conseguir con mayor facilidad la salvación eterna.
El sacramento del orden sacerdotal es sólo para los que quieran hacerse sacerdotes.
El matrimonio y el orden sacerdotal son sacramentos de estado. Lo cual significa que ambos sacramentos no se reciben tanto con vistas a la salvación individual, como para ocupar un determinado estado dentro de la Iglesia, para, dentro de él, servir a la comunidad. De modo que estos sacramentos los recibe el individuo menos para sí mismo que para los demás: los esposos deberían partir siempre del supuesto de que cada uno consigue las gracias necesarias más bien para el otro cónyuge que para sí mismo.

viernes, 2 de octubre de 2009

TERCER ENCUENTRO

¿Quién nos librará de vivir a medias?

Vamos a hablar de la salvación...

Cuando se trata de profundizar en cuestiones significativas para la vida, el abanico es enorme, y muchos temas son bastante llamativos, al menos de entrada. Tú y yo podríamos hablar de sexo, de solidaridad, de valores, del ocio y sus alternativas, de la ciencia, de dinero, del amor, de la familia y sus múltiples problemas; podríamos debatir sobre alguna película cargada de mensaje o hablar acerca de algún personaje popular y carismático. Si se tercia y te gusta, podríamos hasta discutir de política. Si optamos por cuestiones religiosas, también podríamos encontrar un temario bastante amplio que suene al menos más cercano: discutamos sobre la misa, sobre si los curas están o no con los pies en la tierra, sobre las incertidumbres que a los jóvenes les plantea la moral sexual, o sobre qué debe hacer la Iglesia con su dinero. Hablemos sobre Jesús o sobre alguno de sus seguidores más significativos. Discutamos sobre fe y ciencia, o sobre las distintas religiones... Pero ¿hablar de la salvación? Entiendo que, de entrada, te suene entre imposible, aburrido y ajeno. Pero en realidad, es algo bastante más cercano de lo que parece y tiene que ver con lo más cotidiano de la vida.

A veces la vida parece amenazada por mil frentes...

Decimos los creyentes que Dios nos ofrece la salvación. Hablamos de Jesús como «el Salvador»... Pero ¿salvarnos de qué?: ¿de peligros terribles?, ¿de amenazas poderosas que hacen tambalearse nuestra seguridad?, ¿de la enfermedad?, ¿de la muerte?, ¿del hastío?, ¿de nosotros mismos?, ¿del infierno?...

Parece que cuando hablamos de salvarse tenemos que aludir a alguna amenaza. En realidad, la salvación cristiana es mucho más que eso, pero empecemos por ahí. Cada persona tiene que hacer frente a algunas, y varían dependiendo de la edad, del lugar donde te ha tocado nacer o vivir, de tu educación y de lo que subjetivamente te afecta... Hay quien tiene que salvarse del hambre, de la violencia, de las diferentes formas de explotación... Hay quien tiene que superar miedos que le paralizan; quien sufre el desamor que impide vivir con hondura; quien padece el juicio o el prejuicio ajeno, que se convierte en losa que te anula y te martiriza. Hay quien teme más que nada el dolor, la enfermedad o la muerte.

Todos tenemos nuestras batallas y nuestra porción de riesgo: el viejo y el niño, el hombre y la mujer, el religioso y el laico, el creyente y el escéptico... Cada quien debe hacer frente a monstruos reales o imaginarios, y en el horizonte de nuestros deseos aparece un espacio anhelado en el que las cosas pueden estar bien, para uno mismo y para todos los demás. Un espacio de seguridad, de plenitud, de salvación.

La importancia de tener perspectiva

¿De qué manera la religión, o Dios, responde a estas cuestiones? ¿En qué sentido nos ofrece salvación? Creo que la clave está en que nos ayuda a mirar nuestras vidas con más perspectiva. Y hoy en día esto de la perspectiva es muy importante. Recuerdo una escena de la película «La Reina de África». Un hombre y una mujer van tirando de una barcaza que ha quedado atrapada en un pantano. Quieren llegar al lago, pero no consiguen salir de ese interminable panorama de barro y cañas. La película consigue transmitir la sensación de fatiga, el calor sofocante, la incomodidad provocada por los mosquitos y las sanguijuelas y la ya cercana rendición de los protagonistas. Hasta que, en un cierto momento, la cámara, que ha seguido a ras de tierra la marcha del barco, asciende lentamente, y advertimos, con sorpresa (y alivio), que el lago está casi al alcance de la mano, que sólo tienen que virar ligeramente y aguantar un poco para llegar a ese espacio abierto. Y sabemos entonces que lo van a conseguir y que todo va a estar bien. A menudo pienso que en la vida (y en la fe) lo que necesitamos es perspectiva para descubrir la salvación que ya está en torno. Eso no hace las cosas más fáciles, ni las tragedias menos reales, pero aporta sentido.

Ahora entremos en materia. Hay dos cuestiones que son importantes. Lo primero, si realmente necesitamos salvarnos (o ser salvados). Lo segundo, por qué la fe puede ser una respuesta.

En cuanto a lo primero, ¿necesitamos salvación? Sí. Del mismo modo que necesitamos alimento, bebida, aire o amor. Nuestra vida puede llegar a ser plenamente humana, pero también puede quedarse en un sucedáneo de esa humanidad. Por eso necesitamos algo (alguien) que nos guíe para avanzar hacia ese horizonte en el que somos libres. Esa fuerza es «salvación». ¿En qué sentido la fe trata de nuestra salvación? La fe trata de la salvación porque nos empuja hacia la plenitud (salvación de la mediocridad), la felicidad (salvación de la infelicidad –aunque no del sufrimiento), el sentido (salvación del vacío), la eternidad (salvación de la muerte), la reconciliación y la justicia (salvación de las rupturas que llamamos pecado) y el amor (que es la salvación de la soledad más vacía que existe, la del no ser querido). Y todo eso lo encontramos en Dios.

La perspectiva cristiana:

Dios nos ha creado para la salvación en el más allá y en el más acá

El cristianismo ofrece una manera de entender el mundo y la vida que gira en torno a la idea de salvación. Dios nos ha creado para salvarnos, es decir, para que vivamos a fondo y alcancemos una plenitud que nadie nos puede arrebatar (individual y colectivamente). La fe en la trascendencia (o más allá) nos invita a pensar que dicha plenitud será definitiva y eterna cuando nos asomemos a lo que llamamos «Dios». Eso lo decimos conscientes de nuestra ignorancia al hablar del más allá, o de lo que esté después de la muerte, y sabiendo que nuestra aparente erudición es un balbuceo sobre esa plenitud intuida. Ahora bien, la salvación no es únicamente algo que tenga que ver con otra vida (pues la otra vida, en todo caso, comienza en esta). Y Dios, si es el Dios personal en el que creemos, nos ha creado para empezar a ser salvados en la historia, es decir, en el aquí y el ahora (el más acá, para entendernos). Esto nos permite, entonces, aventurar algunas ideas sobre lo que es vivir esa salvación.

La salvación es algo que ya nos está pasando. A menudo, lo que nos parece más presente y más fácil de detectar son los problemas. Yo mismo he comenzado hablando de miedos y amenazas, de lo que nos inquieta o agobia. Parecería que, por contraste, la salvación es algo que alguna vez llegará, que hemos de construir, que pertenece al futuro y todavía no está en torno. Pero ésa es la primera falsedad, porque ya alrededor nuestro, en nuestra propia vida, hay personas, acciones y situaciones que están transparentando y haciendo real dicha salvación. ¿Es cierto que también hay muchas realidades atravesadas por el pecado o el mal? Sí, pero una cosa no niega la otra, pues el trigo y la cizaña conviven en la misma tierra.

Las cuatro dimensiones de la salvación

¿Qué es, entonces, la salvación? Voy a intentar explicártelo con un poco más de detalle. Intentaré presentarte cuatro imágenes de lo que entendemos por «salvación cristiana». Decimos que es salvación cristiana porque es en Cristo (el hombre que transparenta a Dios o el Dios hecho hombre) en quien descubrimos con toda su hondura cómo esas imágenes toman cuerpo y transforman las vidas. Y hablamos de una salvación que ya afecta a nuestras vidas porque, cuando uno vive esas experiencias de las que te voy a hablar, entonces su vida es mucho más honda, más plena, más Vida.

I. Lo más evidente es hablar de la salvación como la reparación del mal. Ése es el sentido que entendemos más fácilmente. Cuando te sientes amenazado, o cuando se te tuerce la vida, deseas por encima de todo que algo o alguien te salve, que te saquen de los infiernos en que te puedes haber metido o haber caído. Esos infiernos son distintos, están hechos de incomprensión o de dolor, de relaciones personales destructivas, de exclusión y divisiones que dejan víctimas inocentes. Cuatro conceptos expresan con enorme riqueza la reparación cristiana del mal.

En primer lugar, el perdón. El perdón, la misericordia, es la capacidad de renunciar a la lógica de la venganza o el castigo, la decisión de seguir adelante con la vida sin anclarse en el rencor cuando alguien te ha herido, y la capacidad de desear que quien te ha hecho daño pueda seguir con su vida, sin desearle mal. ¿A cuánta gente conoces incapaz de perdonar? Seguro que a mucha. Y, sin embargo, también habrás experimentado cómo el perdón, cuando se produce, es fuente de mucha vida.

El perdón conlleva la posibilidad de seguir adelante en la vida. Pero si, además, el ofensor y el ofendido pueden volver a vivir juntos, o restablecer la amistad que se truncó por algo, o dejar que las heridas cicatricen y ser capaces de continuar avanzando por la misma senda, entonces hablamos de reconciliación. Decimos que la salvación cristiana es reconciliación porque, si Dios nos creó para el bien, lo cierto es que el ser humano es capaz de darle la espalda a Dios y su proyecto. Y, sin embargo, nuestra fe nos dice que Dios no cierra las puertas ni vuela los puentes, sino que nos ofrece, una y otra vez, una mano tendida para continuar camino con Él. Si alguna vez has vivido la experiencia de reconciliarte con alguien a quien quieres, tras alguna discusión o ruptura fuerte, entenderás por qué digo que la reconciliación salva.

Hay otro tipo de mal que oprime y arruina las vidas. Hablamos de heridas que nos atraviesan. ¡Son tantas las personas golpeadas en nuestro mundo...! Seguro que tú conoces a bastantes jóvenes que viven con daños profundos. Tal vez esas heridas no sean visibles y tienen muchos nombres: rechazo, incomprensión, miedo, inseguridad, culpa, escepticismo, apatía, fracaso... La salvación cristiana tiene mucho de sanación de esas heridas. ¿Cómo se sanan? Pues a veces acompañándolas, exponiéndolas, pidiendo o dando ayuda... Jesús pasó por el mundo tocando a los heridos de su tiempo y devolviéndoles la dignidad. En la vida todos podemos sanar y ser sanados.

Por último, hay otros males atroces. No tienes más que ver un noticiero. Se llaman hambre, exclusión, guerra, violencia... Oprimen a las personas, las encierran en celdas más inaccesibles que las de una prisión. Pues bien, el evangelio ofrece caminos para la liberación de quienes se encuentran en esas situaciones. Liberación interior y exterior. Que es, para unos, anhelo y urgencia; y para todos, tarea.

Cuando antes te preguntaba por tus posibles incertidumbres, intentaba prepararte para lo que el mensaje cristiano tiene de buena noticia. Dios nos puede liberar de esas cadenas, puede sanar las heridas que supuran y nos hacen tremendamente desgraciados, perdona el mal que hemos podido hacer y nos tiende una mano para seguir caminando reconciliados. Esa buena noticia es salvación. Y como nosotros somos imagen de Dios, podemos hacer lo mismo con otros.

II. Hay una segunda dimensión de la salvación que no tiene que ver necesariamente con la reparación de lo que no funciona. Llamaré a esa segunda dimensión el horizonte del bien. Hoy en día es difícil una justificación comúnmente aceptada de en qué han de fundamentarse los valores. Pero lo que sí es cierto es que cuando hablamos del bien, de la justicia, de la libertad o de la dignidad de las personas, estaremos de acuerdo en que es algo deseable.

Esos principios pueden guiar nuestras actuaciones, pueden poner en las vidas un horizonte hacia el que caminar. Se convierten en deseo cuando están ausentes, y en aliciente si están presentes. Pues bien, desde la fe dichos valores se fundamentan en lo que entendemos que es Dios, que es el bueno, justo y fuente de libertad y dignidad. Lo que quiero decirte es que el único motivo para perseguir ciertas metas no es que algo falla y que, en consecuencia, hay que arrimar el hombro para arreglar los desaguisados (propios o ajenos). También es un motor muy fuerte el tener ideales, principios que te ayuden a abrazar y definir lo que merece la pena, a ir creando y construyendo realidades valiosas y a darle la patada a lo que no sirve en la vida. Dios salva en la medida en que pone en nuestras vidas un horizonte de bien como posibilidad.

III. Si hay algo que defina a Dios, es que Dios es amor. Y el amor (Dios) salva. Hoy se habla de tantas cosas que se definen como amor que a veces habría que dejar en el congelador el término por una temporada, para despojarlo de significados superfluos.

La cuestión es que no todos entendemos lo mismo cuando hablamos del amor. Hay quien lo entiende como posesión, otros como disfrute (a veces muy exclusivamente asociado al placer físico); hay quien define la búsqueda del amor como la necesidad de alguien que te haga feliz, que te quiera, y hay también quien piensa que el amor es sólo ese tiempo primero de pasión romántica, cuando el sentimiento es como una avalancha que se lleva por delante todas las prudencias y los miedos.

El amor que salva, en cristiano, es el amor que es Dios, y es diferente de los anteriores. Si llegas a asomarte a él, entonces te colma de un modo único. Ese amor tiene una serie de rasgos que lo hacen hermoso, insuperable y exigente. Si queremos entender lo que es el amor cristiano, tendremos que preguntarnos cómo ama Dios. El amor de Dios es gratuito –se da sin condiciones ni tarifas, no hay que ganárselo; es fiel, o sea que no se va a cansar de nosotros; es lúcido, pues Dios nos conoce y, por imposible que nos parezca, nos quiere como somos, con nuestras flaquezas y fortalezas. Y al tiempo es altruista, porque quiere de verdad lo bueno para nosotros. Es un amor radical, porque quien ama así ama desde las entrañas y pone en juego toda su vida (eso es, en definitiva, la encarnación de Dios: poner su vida en juego al amar al ser humano). Es eterno, y eso impresiona, hoy que pocas cosas pueden durar para siempre. Es fecundo, en el sentido de que se contagia, y quien se deja seducir por esa forma de amar termina generando en torno mucha vida, mucha alegría y mucha esperanza. Y es universal, pues Dios ama a todos, aunque con la peculiaridad de que se estremece más con quienes más heridos están por la vida: con los pobres, los pequeños, los desvalidos...

Puedes decir que está difícil lo de encontrar un amor así. Fácil, lo que se dice fácil, no es; pero está ahí. Nuestra fe nos habla de un Dios que nos quiere así. Pero, además, en el Dios hecho hombre, Jesús, descubrimos que ese amor es posible para el ser humano. Y, por último, hay gente que sí transparenta ese amor cristiano. Gente que ama con ese grado de gratuidad, fidelidad y radicalidad. Madres y padres, amigos, parejas, hijos... gente que da (se da) sin condiciones ni negociaciones; gente que parece siempre dispuesta a acoger, a incluir a todos, a trabajar por el bien de otros, a hacer de sus días una semilla de vida. Atreverse a amar de esa manera quizás asusta, pero, sin duda, convierte la propia vida en un hogar bien poblado. Y eso salva.

IV. Por último, quisiera contarte que la salvación es la lógica de Dios, la lógica pascual. Si antes decíamos que Dios es Amor, ahora quisiera que intentaras entender cómo actúa Dios, su sorprendente vuelco de las categorías de este mundo. Cuando hablo de lógica, me refiero a la manera en que funcionan las cosas. Y sospecho que vivimos en un mundo donde aparentemente vencen los fuertes, los duros y los poderosos. Un mundo donde parece que hay que ser un poco egoísta para triunfar, o un poco escéptico para no desesperarse. Seguro que estas frases te resultan familiares: «El que pega primero pega dos veces». «No hay que ser bueno, que te toman por tonto». «Nadie da nada por nada», o «Hay que mirar primero por uno mismo»...

Hay tres lecciones que parecen sólidamente arraigadas en la manera en que hoy se nos enseña a ver las cosas. Lo primero, se te insiste en que tienes que ser fuerte. Porque en este mundo hay que competir y, en consecuencia, siempre hay que estar comparándose, hay que ser mejor que los demás, destacar. Y además hay que ser gente a quien le vaya bien, gente de éxito, no pobres fracasados.

Lección dos. Aunque hay un discurso políticamente correcto que habla de la tolerancia, de la igualdad y hasta de la paridad, lo cierto es que probablemente has ido descubriendo que en el mundo no somos todos iguales.

Lección tres. La sabiduría es cuidar de uno mismo. Al final, la insistencia es en que uno viva atento a sí mismo.

Pues bien, esas tres lecciones las desarma la lógica de Dios. Digo que es lógica pascual porque es la que aprendemos en la pascua, el paso de Jesús por la vida, la muerte y la resurrección.

Tres principios que encontramos encarnados en Jesús responderían a esas lecciones volviéndolas del revés. Donde se te dice que hay que ser fuerte para llegar alto, escuchamos que «la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Co 12,9). Donde se te enseña a discriminar, distinguir, diferencia y etiquetar, se nos recuerda que a los ojos de Dios lo que hay es una igualdad radical, y «ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer» (Ga 3,28). Por último, donde se te empuja a estar siempre pendiente de ti mismo como el no va más del sentido común, se nos recuerda la sabiduría de la cruz, «escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para los llamados un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1 Co 1,23-24). Una sabiduría que dice que lo más lúcido que uno puede hacer es comprometer su vida desde un amor radical llamado, en primer lugar, a iluminar las vidas de los más golpeados de nuestro mundo.

¿Dónde está la salvación aquí? En que, paradójicamente, la vida de quien se atreve a avanzar por estos derroteros se descubre mucho más profunda que la que reproduce aquellas otras lógicas egoístas. Uno descubre que no importa la flaqueza –que es parte de la vida, porque son Dios y su evangelio los que nos hacen fuertes, no para pisar, sino para sujetar a quien está caído y apoyarnos unos en otros. Uno descubre que cada ser humano merece respeto, y en ese proceso aprende a respetar no sólo al prójimo, sino también a sí mismo. Y, finalmente, uno descubre que la vida es para darla, para irla gastando y llenándola de años, de historias, de nombres y de amor.

Cuando Jesús vivió con esta lógica de Dios, abrió definitivamente la puerta para la salvación en este mundo. Y, aunque parezca imposible, al final esa lógica prevalecerá.

Al final, se trata de vivir como personas salvadas...

Ahora te digo que Dios nos salva (también a ti), o si señalo que nos ofrece un horizonte de salvación, espero que entiendas un poco más lo que quiero decir. Y espero que quieras acoger y abrazar esa manera de actuar de Dios. Porque al final se trata de tu vida, tus sueños, tus relaciones, tu trabajo y tus compromisos. Se trata de cómo ves el mundo. Se trata de vivir con mayúsculas, exprimir la existencia y descubrir tu hondura y tus capacidades, tu dignidad y tu responsabilidad, a Dios y al prójimo. Que sepas vivir desde la lógica pascual, que lo vuelve todo del revés para darle un sentido nuevo. Que disfrutes del amor verdadero, ese que ya está derramándose sobre nosotros aunque no nos demos cuenta. Que en tu horizonte esté el bien como bandera y como meta. Que sepas y quieras luchar contra el mal que atenaza las vidas, armado con entrañas de misericordia y reconciliación, para sanar al herido y liberar al cautivo.

Para no descubrir, demasiado tarde, que la vida habría podido ser otra cosa.